jueves, 9 de mayo de 2019

¡Cómo evitas el fracaso!



9  de Mayo

¡Con tu Amigo el Espíritu Santo!
Por Riqui Ricón*


Y el Espíritu de Jehová vino sobre Jefté (Jue 11.29a).
Ya en la época de los jueces, en el Antiguo Testamento, hace más de 1500 años, el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, se manifestaba en la vida de las personas trayendo cambios drásticos y asombrosos en la personalidad de aquellos sobre los que venía.
Puedes ver que cuando faraón escuchó a José interpretar su sueño y la recomendación que hacía exclamó: ¿Acaso hallaremos a otro hombre como éste, en quien esté el espíritu de Dios? (Gen 41. 38)
Con Saúl, Sansón, Jefté, Balam, José y cientos de ellos, el Espíritu Santo realizó en sus personas cambios maravillosos para que estos pudieran realizar obras extraordinarias para Dios.
Lamentablemente, esos cambios en su personalidad no siempre fueron permanentes: Jefté terminó por sacrificar a su propia hija y hacer un efod de oro detrás del cual se prostituyó Israel; Sansón rindió su fuerza ante una mujer filistea llamada Dalila; Saúl desobedeció para morir a manos de sus enemigos; Balam sucumbió ante la codicia por los regalos de los moabitas.
¿Cómo puedes tú evitar sendos fracasos como estos?
Aconteció que entre tanto que Apolos estaba en Corinto, Pablo, después de recorrer las regiones superiores, vino a Efeso, y hallando a ciertos discípulos, les dijo: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo (Hch 19. 1-2).
¡Qué diferente es ahora tu situación bajo el Nuevo Pacto! Una de las cosas que Dios estableció que haría en ti por medio de la Sangre de Jesús, que es la Sangre del Nuevo Pacto, fue que pondría dentro de ti Su Espíritu Santo. No es que vendría sobre ti con el riesgo de poder alejarlo de tu vida como les sucedió a muchos bajo el Antiguo Pacto.
»Se acerca el día —dice el SEÑOR—, en que haré un nuevo pacto con el pueblo de Israel y de Judá. Este pacto no será como el que hice con sus antepasados cuando los tomé de la mano y los saqué de la tierra de Egipto. Ellos rompieron ese pacto, a pesar de que los amé como un hombre ama a su esposa», dice el SEÑOR. «Pero este es el nuevo pacto que haré con el pueblo de Israel en ese día —dice el SEÑOR—. Pondré mis instrucciones en lo más profundo de ellos y las escribiré en su corazón. Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Y no habrá necesidad de enseñar a sus vecinos ni habrá necesidad de enseñar a sus parientes diciendo: “Deberías conocer al SEÑOR”. Pues todos ya me conocerán, desde el más pequeño hasta el más grande —dice el SEÑOR—. Perdonaré sus maldades y nunca más me acordaré de sus pecados» (Jer 31.31-34 NTV).
Ahora, por la muerte y resurrección de Jesús, todos tus pecados fueron pagados, la justicia está satisfecha y tú has sido hecho(a) justo(a). Por el gran Amor con que Dios te ha amado, Él ya perdonó todos tus pecados, pasados, presentes y futuros, para así, hacerte espíritu totalmente nuevo, darte un nuevo corazón, poner al Espíritu santo dentro de ti y contigo; y de esta manera, y por todo esto, hacer de ti un(a) auténtico(a) y legítimo(a) Hijo de Dios.
Les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes. Les quitaré ese terco corazón de piedra y les daré un corazón tierno y receptivo.* Pondré mi Espíritu en ustedes para que sigan mis decretos y se aseguren de obedecer mis ordenanzas (Eze 36.26-27 NTV).
De acuerdo a lo que enseña la Biblia, ¡El Espíritu Santo llegó a tu vida para quedarse!
Dado que Jesús sabía perfectamente bien acerca de nuestra naturaleza caída, que tú y yo estábamos vendidos al pecado como esclavos y destinados a la muerte eterna y sin posibilidad alguna si acaso Él no intervenía, entonces decidió pagar con Su propia Vida, y así cumplir con la justicia de Dios.
Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios (1 Jn 5. 1a).
Con el propósito de comprarte para sí, tú moriste con Él y entonces te hizo de nuevo, dotándote de una nueva naturaleza. Te hizo una nueva especie de Ser que no existía antes. Pues al darte Su propio Espíritu, el Espíritu Santo, te hizo un(a) Hijo(a) de Dios Nacido(a) de Nuevo.
siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1 P 1.23).
Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él (1 Jn 3.1).
Tú, amado(a), que has creído en Cristo Jesús y le has recibido como Señor y Salvador de tu vida has nacido de Dios. Eres llamado(a) por Dios: Hijo(a). Y has Nacido de Nuevo no de una simiente corruptible sino de la incorruptible semilla que es la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre.
Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu,  espíritu es (Jn 3. 3-6).
Sólo alguien concebido por el espíritu Santo como Nueva Creatura puede ver y entrar al reino de Dios. ¡Ese alguien eres tú!
El problema que enfrenta la iglesia es que aún hay cristianos que se encuentran en la misma condición que los discípulos de Efeso, que no saben que el Espíritu Santo ya les ha sido otorgado por Dios como las arras, como el sello y la garantía, de la Nueva Naturaleza en Cristo Jesús que Él había prometido como el Nuevo Pacto.
pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra (Hch 1.8).
Por el Amor que Dios siente por ti y por la obra redentora de Jesucristo, hoy el Espíritu Santo está en ti y contigo como tu ayudador y mejor amigo.

Oremos en voz audible:
Amado Padre celestial, te agradezco el gran Amor con que me has amado y en este día declaro que sí recibo ese sello de garantía sobre mi Nueva Naturaleza que eres Tú, Espíritu Santo. Yo soy nacido(a) del Espíritu. Soy espíritu creado de nuevo para ser Tu Hijo(a). ¡Gracias Señor! Tú en mí y yo en Ti. ¡Gracias Jesús por lo que hiciste por mí en esa cruz! Gracias por morir y resucitar para darme esta Nueva Vida lleno(a) del Espíritu Santo. Ahora sé que todo lo puedo y que, efectivamente, en todas las cosas soy más que vencedor(a) por medio de Ti, Señor Jesús. Nada ni nadie me pueden hacer frente todos los días de mi vida pues Tú, Espíritu Santo, estás conmigo, y si Tú estás conmigo, ¿quién contra mí? Por lo tanto, creo, declaro y recibo mi victoria. ¡Soy sano(a)! ¡Soy libre! ¡Soy próspero(a)! ¡Soy dichoso(a)! ¡Soy un(a) Hijo(a) de Dios Nacido(a) de Nuevo! En el nombre de Jesús. ¡Amen!
 Nota Importante:
¿Cómo me hago Hijo de Dios? ¿Cómo establezco una relación con el Todopoderoso?
Sólo haz la siguiente oración en voz audible poniendo toda tu atención y corazón a lo que le estás diciendo a Dios:
Señor Jesús, yo creo que eres el Hijo de Dios. Que viniste a este mundo de la virgen María para pagar todos mis pecados, y yo he sido un(a) pecador(a). Por eso, te digo el día de hoy que sí acepto. ¡Sí acepto tu sacrificio en la cruz! ¡Sí acepto Tu Sangre preciosa derramada hasta la última gota por Amor a mí! Te abro mi corazón y te invito a entrar porque quiero, Señor Jesús, que desde hoy y para siempre Tú seas mi único y suficiente Salvador, mi Dios, mi Rey y mi Señor. Gracias, Dios Poderoso, pues con esta simple oración y profesión de fe he pasado de muerte a Vida, he sido trasladado(a) de las tinieblas a Tu Luz admirable. ¡Hoy he Nacido de Nuevo! ¡Dios, ahora yo Soy Tu Hijo(a)! ¡Ahora Tú eres mi Padre! ¡Nunca más estaré solo(a)! Nunca más viviré derrotado(a). En el nombre de Jesús. Amén.
*Ricardo C. Peredo Jaime   © 2012



Lectura y Meditación de la Palabra de Dios
Haz estas lecturas diarias y al final de un año habrás leído toda la Biblia.

Mayo 9              Hch 19. 1-22  /  Jue 10.1-11.33  /  Job 39


Hechos 19.1-22
Pablo en Efeso
19
1Aconteció que entre tanto que Apolos estaba en Corinto, Pablo, después de recorrer las regiones superiores, vino a Efeso, y hallando a ciertos discípulos, 2les dijo: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo. 3Entonces dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Ellos dijeron: En el bautismo de Juan. 4Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo. 5Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. 6Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban. 7Eran por todos unos doce hombres.
8Y entrando Pablo en la sinagoga, habló con denuedo por espacio de tres meses, discutiendo y persuadiendo acerca del reino de Dios. 9Pero endureciéndose algunos y no creyendo, maldiciendo el Camino delante de la multitud, se apartó Pablo de ellos y separó a los discípulos, discutiendo cada día en la escuela de uno llamado Tiranno. 10Así continuó por espacio de dos años, de manera que todos los que habitaban en Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra del Señor Jesús.
11Y hacía Dios milagros extraordinarios por mano de Pablo, 12de tal manera que aun se llevaban a los enfermos los paños o delantales de su cuerpo, y las enfermedades se iban de ellos, y los espíritus malos salían. 13Pero algunos de los judíos, exorcistas ambulantes, intentaron invocar el nombre del Señor Jesús sobre los que tenían espíritus malos, diciendo: Os conjuro por Jesús, el que predica Pablo. 14Había siete hijos de un tal Esceva, judío, jefe de los sacerdotes, que hacían esto. 15Pero respondiendo el espíritu malo, dijo: A Jesús conozco, y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿quiénes sois? 16Y el hombre en quien estaba el espíritu malo, saltando sobre ellos y dominándolos, pudo más que ellos, de tal manera que huyeron de aquella casa desnudos y heridos. 17Y esto fue notorio a todos los que habitaban en Efeso, así judíos como griegos; y tuvieron temor todos ellos, y era magnificado el nombre del Señor Jesús. 18Y muchos de los que habían creído venían, confesando y dando cuenta de sus hechos. 19Asimismo muchos de los que habían practicado la magia trajeron los libros y los quemaron delante de todos; y hecha la cuenta de su precio, hallaron que era cincuenta mil piezas de plata. 20Así crecía y prevalecía poderosamente la palabra del Señor.
21Pasadas estas cosas, Pablo se propuso en espíritu ir a Jerusalén, después de recorrer Macedonia y Acaya, diciendo: Después que haya estado allí, me será necesario ver también a Roma. 22Y enviando a Macedonia a dos de los que le ayudaban, Timoteo y Erasto, él se quedó por algún tiempo en Asia.

Jueces 10.1-11.33
Tola y Jair juzgan a Israel
10
1Después de Abimelec, se levantó para librar a Israel Tola hijo de Fúa, hijo de Dodo, varón de Isacar, el cual habitaba en Samir en el monte de Efraín. 2Y juzgó a Israel veintitrés años; y murió, y fue sepultado en Samir.
3Tras él se levantó Jair galaadita, el cual juzgó a Israel veintidós años. 4Este tuvo treinta hijos, que cabalgaban sobre treinta asnos; y tenían treinta ciudades, que se llaman las ciudades de Jair hasta hoy, las cuales están en la tierra de Galaad. 5Y murió Jair, y fue sepultado en Camón.

Jefté liberta a Israel de los amonitas
6Pero los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová, y sirvieron a los baales y a Astarot, a los dioses de Siria, a los dioses de Sidón, a los dioses de Moab, a los dioses de los hijos de Amón y a los dioses de los filisteos; y dejaron a Jehová, y no le sirvieron. 7Y se encendió la ira de Jehová contra Israel, y los entregó en mano de los filisteos, y en mano de los hijos de Amón; 8los cuales oprimieron y quebrantaron a los hijos de Israel en aquel tiempo dieciocho años, a todos los hijos de Israel que estaban al otro lado del Jordán en la tierra del amorreo, que está en Galaad. 9Y los hijos de Amón pasaron el Jordán para hacer también guerra contra Judá y contra Benjamín y la casa de Efraín, y fue afligido Israel en gran manera.
10Entonces los hijos de Israel clamaron a Jehová, diciendo: Nosotros hemos pecado contra ti; porque hemos dejado a nuestro Dios, y servido a los baales. 11Y Jehová respondió a los hijos de Israel: ¿No habéis sido oprimidos de Egipto, de los amorreos, de los amonitas, de los filisteos, 12de los de Sidón, de Amalec y de Maón, y clamando a mí no os libré de sus manos? 13Mas vosotros me habéis dejado, y habéis servido a dioses ajenos; por tanto, yo no os libraré más. 14Andad y clamad a los dioses que os habéis elegido; que os libren ellos en el tiempo de vuestra aflicción. 15Y los hijos de Israel respondieron a Jehová: Hemos pecado; haz tú con nosotros como bien te parezca; sólo te rogamos que nos libres en este día. 16Y quitaron de entre sí los dioses ajenos, y sirvieron a Jehová; y él fue angustiado a causa de la aflicción de Israel.
17Entonces se juntaron los hijos de Amón, y acamparon en Galaad; se juntaron asimismo los hijos de Israel, y acamparon en Mizpa. 18Y los príncipes y el pueblo de Galaad dijeron el uno al otro: ¿Quién comenzará la batalla contra los hijos de Amón? Será caudillo sobre todos los que habitan en Galaad.

11
1Jefté galaadita era esforzado y valeroso; era hijo de una mujer ramera, y el padre de Jefté era Galaad. 2Pero la mujer de Galaad le dio hijos, los cuales, cuando crecieron, echaron fuera a Jefté, diciéndole: No heredarás en la casa de nuestro padre, porque eres hijo de otra mujer. 3Huyó, pues, Jefté de sus hermanos, y habitó en tierra de Tob; y se juntaron con él hombres ociosos, los cuales salían con él.
4Aconteció andando el tiempo, que los hijos de Amón hicieron guerra contra Israel. 5Y cuando los hijos de Amón hicieron guerra contra Israel, los ancianos de Galaad fueron a traer a Jefté de la tierra de Tob; 6y dijeron a Jefté: Ven, y serás nuestro jefe, para que peleemos contra los hijos de Amón. 7Jefté respondió a los ancianos de Galaad: ¿No me aborrecisteis vosotros, y me echasteis de la casa de mi padre? ¿Por qué, pues, venís ahora a mí cuando estáis en aflicción? 8Y los ancianos de Galaad respondieron a Jefté: Por esta misma causa volvemos ahora a ti, para que vengas con nosotros y pelees contra los hijos de Amón, y seas caudillo de todos los que moramos en Galaad. 9Jefté entonces dijo a los ancianos de Galaad: Si me hacéis volver para que pelee contra los hijos de Amón, y Jehová los entregare delante de mí, ¿seré yo vuestro caudillo? 10Y los ancianos de Galaad respondieron a Jefté: Jehová sea testigo entre nosotros, si no hiciéremos como tú dices. 11Entonces Jefté vino con los ancianos de Galaad, y el pueblo lo eligió por su caudillo y jefe; y Jefté habló todas sus palabras delante de Jehová en Mizpa.
12Y envió Jefté mensajeros al rey de los amonitas, diciendo: ¿Qué tienes tú conmigo, que has venido a mí para hacer guerra contra mi tierra? 13El rey de los amonitas respondió a los mensajeros de Jefté: Por cuanto Israel tomó mi tierra, cuando subió de Egipto, desde Arnón hasta Jaboc y el Jordán; ahora, pues, devuélvela en paz. 14Y Jefté volvió a enviar otros mensajeros al rey de los amonitas, 15para decirle: Jefté ha dicho así: Israel no tomó tierra de Moab, ni tierra de los hijos de Amón. 16Porque cuando Israel subió de Egipto, anduvo por el desierto hasta el Mar Rojo, y llegó a Cades. 17Entonces Israel envió mensajeros al rey de Edom, diciendo: Yo te ruego que me dejes pasar por tu tierra; pero el rey de Edom no los escuchó. Envió también al rey de Moab, el cual tampoco quiso; se quedó, por tanto, Israel en Cades. 18Después, yendo por el desierto, rodeó la tierra de Edom y la tierra de Moab, y viniendo por el lado oriental de la tierra de Moab, acampó al otro lado de Arnón, y no entró en territorio de Moab; porque Arnón es territorio de Moab. 19Y envió Israel mensajeros a Sehón rey de los amorreos, rey de Hesbón, diciéndole: Te ruego que me dejes pasar por tu tierra hasta mi lugar. 20Mas Sehón no se fio de Israel para darle paso por su territorio, sino que reuniendo Sehón toda su gente, acampó en Jahaza, y peleó contra Israel. 21Pero Jehová Dios de Israel entregó a Sehón y a todo su pueblo en mano de Israel, y los derrotó; y se apoderó Israel de toda la tierra de los amorreos que habitaban en aquel país. 22Se apoderaron también de todo el territorio del amorreo desde Arnón hasta Jaboc, y desde el desierto hasta el Jordán. 23Así que, lo que Jehová Dios de Israel desposeyó al amorreo delante de su pueblo Israel, ¿pretendes tú apoderarte de él? 24Lo que te hiciere poseer Quemos tu dios, ¿no lo poseerías tú? Así, todo lo que desposeyó Jehová nuestro Dios delante de nosotros, nosotros lo poseeremos. 25¿Eres tú ahora mejor en algo que Balac hijo de Zipor, rey de Moab? ¿Tuvo él cuestión contra Israel, o hizo guerra contra ellos? 26Cuando Israel ha estado habitando por trescientos años a Hesbón y sus aldeas, a Aroer y sus aldeas, y todas las ciudades que están en el territorio de Arnón, ¿por qué no las habéis recobrado en ese tiempo? 27Así que, yo nada he pecado contra ti, mas tú haces mal conmigo peleando contra mí. Jehová, que es el juez, juzgue hoy entre los hijos de Israel y los hijos de Amón. 28Mas el rey de los hijos de Amón no atendió a las razones que Jefté le envió.
29Y el Espíritu de Jehová vino sobre Jefté; y pasó por Galaad y Manasés, y de allí pasó a Mizpa de Galaad, y de Mizpa de Galaad pasó a los hijos de Amón. 30Y Jefté hizo voto a Jehová, diciendo: Si entregares a los amonitas en mis manos, 31cualquiera que saliere de las puertas de mi casa a recibirme, cuando regrese victorioso de los amonitas, será de Jehová, y lo ofreceré en holocausto. 32Y fue Jefté hacia los hijos de Amón para pelear contra ellos; y Jehová los entregó en su mano. 33Y desde Aroer hasta llegar a Minit, veinte ciudades, y hasta la vega de las viñas, los derrotó con muy grande estrago. Así fueron sometidos los amonitas por los hijos de Israel.



Job 39

39
     1     ¿Sabes tú el tiempo en que paren las cabras monteses?
¿O miraste tú las ciervas cuando están pariendo?
     2     ¿Contaste tú los meses de su preñez,
Y sabes el tiempo cuando han de parir?
     3     Se encorvan, hacen salir sus hijos,
Pasan sus dolores.
     4     Sus hijos se fortalecen, crecen con el pasto;
Salen, y no vuelven a ellas.
     5     ¿Quién echó libre al asno montés,
Y quién soltó sus ataduras?
     6     Al cual yo puse casa en la soledad,
Y sus moradas en lugares estériles.
     7     Se burla de la multitud de la ciudad;
No oye las voces del arriero.
     8     Lo oculto de los montes es su pasto,
Y anda buscando toda cosa verde.
     9     ¿Querrá el búfalo servirte a ti,
O quedar en tu pesebre?
     10     ¿Atarás tú al búfalo con coyunda para el surco?
¿Labrará los valles en pos de ti?
     11     ¿Confiarás tú en él, por ser grande su fuerza,
Y le fiarás tu labor?
     12     ¿Fiarás de él para que recoja tu semilla,
Y la junte en tu era?
     13     ¿Diste tú hermosas alas al pavo real,
O alas y plumas al avestruz?
     14     El cual desampara en la tierra sus huevos,
Y sobre el polvo los calienta,
     15     Y olvida que el pie los puede pisar,
Y que puede quebrarlos la bestia del campo.
     16     Se endurece para con sus hijos, como si no fuesen suyos,
No temiendo que su trabajo haya sido en vano;
     17     Porque le privó Dios de sabiduría,
Y no le dio inteligencia.
     18     Luego que se levanta en alto,
Se burla del caballo y de su jinete.
     19     ¿Diste tú al caballo la fuerza?
¿Vestiste tú su cuello de crines ondulantes?
     20     ¿Le intimidarás tú como a langosta?
El resoplido de su nariz es formidable.
     21     Escarba la tierra, se alegra en su fuerza,
Sale al encuentro de las armas;
     22     Hace burla del espanto, y no teme,
Ni vuelve el rostro delante de la espada.
     23     Contra él suenan la aljaba,
El hierro de la lanza y de la jabalina;
     24     Y él con ímpetu y furor escarba la tierra,
Sin importarle el sonido de la trompeta;
     25     Antes como que dice entre los clarines: ¡Ea!
Y desde lejos huele la batalla,
El grito de los capitanes, y el vocerío.
     26     ¿Vuela el gavilán por tu sabiduría,
Y extiende hacia el sur sus alas?
     27     ¿Se remonta el águila por tu mandamiento,
Y pone en alto su nido?
     28     Ella habita y mora en la peña,
En la cumbre del peñasco y de la roca.
     29     Desde allí acecha la presa;
Sus ojos observan de muy lejos.
     30     Sus polluelos chupan la sangre;
Y donde hubiere cadáveres, allí está ella.

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