domingo, 15 de mayo de 2022

¡Cómo enfrentar la adversidad!

                                                                                                                                                                                                  <ENGLISH>





 15 Mayo   

¡Cómo enfrentar la adversidad!


¡Con la Palabra de Dios!

Por Riqui Ricón*

Tú, oh Dios, eres mi rey; Manda salvación a Jacob. Por medio de ti sacudiremos a nuestros enemigos; En tu nombre hollaremos a nuestros adversarios. Porque no confiaré en mi arco, Ni mi espada me salvará; Pues tú nos has guardado de nuestros enemigos, Y has avergonzado a los que nos aborrecían. En Dios nos gloriaremos todo el tiempo, Y para siempre alabaremos tu nombre (Sal 44.4-8).

Si el día de hoy estás enfrentando grandes retos o tremendos problemas, aflicciones o enfermedades, te tengo muy buenas noticias, puedes estar tranquilo(a) y seguro(a), pues el SEÑOR es tu luz y tu salvación, entonces ¿por qué habrías de temer? El SEÑOR es tu fortaleza y te protege del peligro, entonces ¿por qué habrías de temblar? Cuando los malvados vengan a devorarte, cuando tus enemigos y adversarios te ataquen, ellos tropezarán y caerán. Aunque un ejército poderoso te rodee, tu corazón no temerá. Aunque te ataquen, permanecerás confiado(a). Porque aunque andes en valle de sombra y de muerte no temerás mal alguno porque Dios mismo está contigo (Sal 27 y Sal 23).

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él (Jn 3.16-17).

¡Así es! Tienes que saberlo y creerlo porque está escrito en Su Palabra: Tú eres el (la) amado(a) de Dios. Él te ama tanto que prefirió entregar a Su propio Hijo, Jesucristo, antes que perderte a ti. Dios te ama tanto que envió a Su Hijo Jesús para salvarte y no para condenarte.

Miren con cuánto amor nos ama nuestro Padre que nos llama sus hijos, ¡y eso es lo que somos! Pero la gente de este mundo no reconoce que somos hijos de Dios, porque no lo conocen a él (1 Jn 3.1 NTV).

De hecho, Dios te ama tanto que decidió hacer de ti Su propio(a) Hijo(a).

El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él, todas las cosas? (Ro 8.32 NVI).

Para que este día salgas más que vencedor(a) tienes que comprender y creer, de una vez por todas, que Dios en verdad te ama y que está más que dispuesto para darte, juntamente con Cristo Jesús, ¡todas las cosas!

¡Dios jamás te dejará a merced de tus problemas, ni a merced de tus enfermedades o aflicciones! ¡Él es tu Padre que te ama!

De hecho, con Dios, tu Padre, tú sacudirás a tus enemigos; en el nombre de Jesús hollarás a tus adversarios. Porque no confiarás en tus fuerzas, ni en tus habilidades. Pues es Él quien te ha guardado de tus enemigos y ha avergonzado a los que te aborrecían.

¡Escrito está! ¡Es Palabra de Dios! ¡Es Palabra de Honor!

A la noche siguiente se le presentó el Señor y le dijo: Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma (Hch 23.11).

En momentos muy difíciles donde pareciera que todo estaba perdido para Pablo, el Señor lo fortaleció con Su Palabra. De la misma forma, haz tú de la Biblia la norma máxima de tu existencia, léela y medítala de día y de noche y obtendrás toda la fe que necesitas para salir más que vencedor(a) de cualquier problema, angustia o enfermedad.

Así que, ¡ten ánimo! ¡No temas! ¡Cree solamente!

Cualquiera que ha nacido de Dios vence al mundo; pero esta victoria únicamente puede obtenerse por la fe, pues nadie puede salir victorioso en la lucha contra el mal, sino sólo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios (1 Jn 5.4-5 CST).

Tú has nacido de Dios y vences al mundo. Tú eres ese(a) Hijo(a) de Dios Nacido(a) de Nuevo lleno(a) de fe, que obtienes la victoria donde quiera que vayas pues Dios, tu Padre, siempre está contigo.

Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! (Ro 8.15).

Recuerda que por ese gran Amor con que Dios te ama ahora eres un(a) Hijo(a) de Dios Nacido(a) de Nuevo. Lo que literalmente significa que el Todopoderoso Dios es tu Papá.

Amado(a), la Verdad es que Dios está contigo, y si Dios está contigo, me pregunto, ¿quién podrá vencerte?

Oremos en voz audible:

Amado Padre celestial, gracias por el gran Amor con que me has amado que estando yo muerto(a) en delitos y pecados me diste Vida juntamente con Cristo Jesús, y no cualquier clase de vida sino la Vida Eterna que sólo un(a) Hijo(a) de Dios puede tener. Señor Jesús, muchas gracias por lo que hiciste por Amor a mí al morir en esa cruz y al resucitar venciendo a la muerte. Yo, que antes no era nada ni nadie, ahora, gracias a Ti, soy linaje escogido, real sacerdocio, nación santa,  pueblo adquirido por Dios y puedo proclamar las virtudes de aquel que me llamó de las tinieblas a su luz admirable, ¡Cristo Jesús! Yo que en otro tiempo no era más que una creatura, pero que ahora soy Hijo(a) de Dios; que en otro tiempo no había alcanzado misericordia, pero ahora he alcanzado misericordia. Gracias, muchas gracias Señor Jesús. Por lo tanto, me determino con Tu ayuda, Espíritu Santo, a no dejarme engañar por palabras y pensamientos de desaliento, fracaso o derrota. Yo creo lo que Tú dices acerca de mí: que por Tu Sangre, Señor Jesús, me has redimido de todo pueblo, lengua o nación; y me has hecho un(a) Hijo(a) de Dios Nacido(a) de Nuevo. Tú, Señor Jesús, me has hecho rey (reina) y sacerdote (sacerdotisa) para nuestro Dios, y reinaré sobre esta tierra. Me levanto, en tu nombre Jesús, a cumplir el propósito y destino Eterno que compraste para mí en esa cruz. Por lo tanto, hoy declaro que soy sano(a), soy libre, soy próspero(a) y soy dichoso(a) en todas las cosas. Resisto, con la Palabra de Dios, al espíritu de temor, al desaliento y a la depresión; no recibo a la enfermedad, ni a la pobreza; perdono a todos los que me han lastimado y defraudado y recibo la salud, el gozo, la paz y el amor que son mi herencia y mi derecho, Voy hacer de mi vida una vida que valga la pena vivirse. ¡Voy a vivir una vida plena y abundante! ¡Nada ni nadie me pueden detener! En el nombre de Jesús.  Amén.

 Nota Importante:

¿Cómo me hago Hijo de Dios? ¿Cómo establezco una relación con el Todopoderoso?

Sólo haz la siguiente oración en voz audible poniendo toda tu atención y corazón a lo que le estás diciendo a Dios:

Señor Jesús, yo creo que eres el Hijo de Dios. Que viniste a este mundo de la virgen María para pagar todos mis pecados, y yo he sido un(a) pecador(a). Por eso, te digo el día de hoy que sí acepto. ¡Sí acepto tu sacrificio en la cruz! ¡Sí acepto Tu Sangre preciosa derramada hasta la última gota por Amor a mí! Te abro mi corazón y te invito a entrar porque quiero, Señor Jesús, que desde hoy y para siempre Tú seas mi único y suficiente Salvador, mi Dios, mi Rey y mi Señor. Gracias, Dios Poderoso, pues con esta simple oración y profesión de fe he pasado de muerte a Vida, he sido trasladado(a) de las tinieblas a Tu Luz admirable. ¡Hoy he Nacido de Nuevo! ¡Dios, ahora yo Soy Tu Hijo(a)! ¡Ahora Tú eres mi Padre! ¡Nunca más estaré solo(a)! Nunca más viviré derrotado(a). En el nombre de Jesús. Amén.

*Ricardo C. Peredo Jaime   © 2012

 

 

Tres Recomendaciones:

Lo que acabas de suceder al reconocer a Jesucristo como el Señor y Salvador de tu vida, de acuerdo con La Palabra de Dios, es que has Nacido de Nuevo, ya no más como un ser humano común y corriente, sujeto a la ley del pecado y de la muerte, sino que ahora eres un(a) legítimo(a) y auténtico(a) Hijo(a) de Dios Nacido(a) de Nuevo, exactamente igual a Jesucristo, quien ahora es tu Hermano Mayor. Por lo tanto, te hago estas tres importantísimas recomendaciones:

1.     Orar. Orar es platicar con Dios. Así que, búscate un lugar tranquilo donde puedas comenzar a platicar todas tus cosas con Él. Hazlo de forma audible y notarás como Dios siempre responderá a tu corazón.

2.     Leer y meditar la Palabra de Dios. La Biblia es La Palabra de Dios, así que, consigue una Biblia y comienza a leerla y meditarla. ¿Cómo empezar? Es muy sencillo. Dependiendo del día que sea hoy, busca en el programa de lectura “La Biblia en un año” y realiza las lecturas correspondientes. Este programa lo puedes obtener en: A Través de La Biblia En Un Ano (palabradehonor.org) Notarás que el programa está arreglado para imprimirlo como un cuadernillo.

3.     En oración con Dios, tu Padre, busca y únete a una iglesia o congregación cristiana donde enseñen la Palabra de Dios en base a las Buenas Noticias que son el Evangelio de Jesucristo.

*Ricardo C. Peredo Jaime   © 2020

 

 


Lectura y Meditación de la Palabra de Dios

Haz estas lecturas diarias y al final de un año habrás leído toda la Biblia.

Mayo         15                       Hch 22. 30 – 23. 22  /  Jue 19  /  Sal 44

  

Cápsula del día.




Puedes escuchar o descargar la lectura de la  Biblia en audio del día de hoy, la tenemos para ti en dos versiones: 


RV60 




NVI 




 

Lectura y Meditación de la Palabra de Dios

Haz estas lecturas diarias y al final de un año habrás leído toda la Biblia.

Mayo         15                       Hch 22. 30 – 23. 22  /  Jue 19  /  Sal 44

 

Hechos 22. 30 – 23. 22

 Pablo ante el concilio

30Al día siguiente, queriendo saber de cierto la causa por la cual le acusaban los judíos, le soltó de las cadenas, y mandó venir a los principales sacerdotes y a todo el concilio, y sacando a Pablo, le presentó ante ellos.

23

1Entonces Pablo, mirando fijamente al concilio, dijo: Varones hermanos, yo con toda buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy. 2El sumo sacerdote Ananías ordenó entonces a los que estaban junto a él, que le golpeasen en la boca. 3Entonces Pablo le dijo: ¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada!a ¿Estás tú sentado para juzgarme conforme a la ley, y quebrantando la ley me mandas golpear? 4Los que estaban presentes dijeron: ¿Al sumo sacerdote de Dios injurias? 5Pablo dijo: No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; pues escrito está: No maldecirás a un príncipe de tu pueblo.b

6Entonces Pablo, notando que una parte era de saduceos y otra de fariseos, alzó la voz en el concilio: Varones hermanos, yo soy fariseo,c hijo de fariseo; acerca de la esperanza y de la resurrección de los muertos se me juzga. 7Cuando dijo esto, se produjo disensión entre los fariseos y los saduceos, y la asamblea se dividió. 8Porque los saduceos dicen que no hay resurrección,d ni ángel, ni espíritu; pero los fariseos afirman estas cosas. 9Y hubo un gran vocerío; y levantándose los escribas de la parte de los fariseos, contendían, diciendo: Ningún mal hallamos en este hombre; que si un espíritu le ha hablado, o un ángel, no resistamos a Dios. 10Y habiendo grande disensión, el tribuno, teniendo temor de que Pablo fuese despedazado por ellos, mandó que bajasen soldados y le arrebatasen de en medio de ellos, y le llevasen a la fortaleza.

11A la noche siguiente se le presentó el Señor y le dijo: Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma.

Complot contra Pablo

12Venido el día, algunos de los judíos tramaron un complot y se juramentaron bajo maldición, diciendo que no comerían ni beberían hasta que hubiesen dado muerte a Pablo. 13Eran más de cuarenta los que habían hecho esta conjuración, 14los cuales fueron a los principales sacerdotes y a los ancianos y dijeron: Nosotros nos hemos juramentado bajo maldición, a no gustar nada hasta que hayamos dado muerte a Pablo. 15Ahora pues, vosotros, con el concilio, requerid al tribuno que le traiga mañana ante vosotros, como que queréis indagar alguna cosa más cierta acerca de él; y nosotros estaremos listos para matarle antes que llegue.

16Mas el hijo de la hermana de Pablo, oyendo hablar de la celada, fue y entró en la fortaleza, y dio aviso a Pablo. 17Pablo, llamando a uno de los centuriones, dijo: Lleva a este joven ante el tribuno, porque tiene cierto aviso que darle. 18El entonces tomándole, le llevó al tribuno, y dijo: El preso Pablo me llamó y me rogó que trajese ante ti a este joven, que tiene algo que hablarte. 19El tribuno, tomándole de la mano y retirándose aparte, le preguntó: ¿Qué es lo que tienes que decirme? 20El le dijo: Los judíos han convenido en rogarte que mañana lleves a Pablo ante el concilio, como que van a inquirir alguna cosa más cierta acerca de él. 21Pero tú no les creas; porque más de cuarenta hombres de ellos le acechan, los cuales se han juramentado bajo maldición, a no comer ni beber hasta que le hayan dado muerte; y ahora están listos esperando tu promesa. 22Entonces el tribuno despidió al joven, mandándole que a nadie dijese que le había dado aviso de esto.[1]

 

Jueces 19

El levita y su concubina

19

1En aquellos días, cuando no había rey en Israel, hubo un levita que moraba como forastero en la parte más remota del monte de Efraín, el cual había tomado para sí mujer concubina de Belén de Judá. 2Y su concubina le fue infiel, y se fue de él a casa de su padre, a Belén de Judá, y estuvo allá durante cuatro meses. 3Y se levantó su marido y la siguió, para hablarle amorosamente y hacerla volver; y llevaba consigo un criado, y un par de asnos; y ella le hizo entrar en la casa de su padre. 4Y viéndole el padre de la joven, salió a recibirle gozoso; y le detuvo su suegro, el padre de la joven, y quedó en su casa tres días, comiendo y bebiendo y alojándose allí. 5Al cuarto día, cuando se levantaron de mañana, se levantó también el levita para irse; y el padre de la joven dijo a su yerno: Conforta tu corazón con un bocado de pan, y después os iréis. 6Y se sentaron ellos dos juntos, y comieron y bebieron. Y el padre de la joven dijo al varón: Yo te ruego que quieras pasar aquí la noche, y se alegrará tu corazón. 7Y se levantó el varón para irse, pero insistió su suegro, y volvió a pasar allí la noche. 8Al quinto día, levantándose de mañana para irse, le dijo el padre de la joven: Conforta ahora tu corazón, y aguarda hasta que decline el día. Y comieron ambos juntos. 9Luego se levantó el varón para irse, él y su concubina y su criado. Entonces su suegro, el padre de la joven, le dijo: He aquí ya el día declina para anochecer, te ruego que paséis aquí la noche; he aquí que el día se acaba, duerme aquí, para que se alegre tu corazón; y mañana os levantaréis temprano a vuestro camino y te irás a tu casa.

10Mas el hombre no quiso pasar allí la noche, sino que se levantó y se fue, y llegó hasta enfrente de Jebús, que es Jerusalén, con su par de asnos ensillados, y su concubina. 11Y estando ya junto a Jebús, el día había declinado mucho; y dijo el criado a su señor: Ven ahora, y vámonos a esta ciudad de los jebuseos, para que pasemos en ella la noche. 12Y su señor le respondió: No iremos a ninguna ciudad de extranjeros, que no sea de los hijos de Israel, sino que pasaremos hasta Gabaa. Y dijo a su criado: 13Ven, sigamos hasta uno de esos lugares, para pasar la noche en Gabaa o en Ramá. 14Pasando, pues, caminaron, y se les puso el sol junto a Gabaa que era de Benjamín. 15Y se apartaron del camino para entrar a pasar allí la noche en Gabaa; y entrando, se sentaron en la plaza de la ciudad, porque no hubo quien los acogiese en casa para pasar la noche.

16Y he aquí un hombre viejo que venía de su trabajo del campo al anochecer, el cual era del monte de Efraín, y moraba como forastero en Gabaa; pero los moradores de aquel lugar eran hijos de Benjamín. 17Y alzando el viejo los ojos, vio a aquel caminante en la plaza de la ciudad, y le dijo: ¿A dónde vas, y de dónde vienes? 18Y él respondió: Pasamos de Belén de Judá a la parte más remota del monte de Efraín, de donde soy; y había ido a Belén de Judá; mas ahora voy a la casa de Jehová, y no hay quien me reciba en casa. 19Nosotros tenemos paja y forraje para nuestros asnos, y también tenemos pan y vino para mí y para tu sierva, y para el criado que está con tu siervo; no nos hace falta nada. 20Y el hombre anciano dijo: Paz sea contigo; tu necesidad toda quede solamente a mi cargo, con tal que no pases la noche en la plaza. 21Y los trajo a su casa, y dio de comer a sus asnos; y se lavaron los pies, y comieron y bebieron.

22Pero cuando estaban gozosos, he aquí que los hombres de aquella ciudad, hombres perversos, rodearon la casa, golpeando a la puerta; y hablaron al anciano, dueño de la casa, diciendo: Saca al hombre que ha entrado en tu casa, para que lo conozcamos. 23Y salió a ellos el dueño de la casa y les dijo: No, hermanos míos, os ruego que no cometáis este mal; ya que este hombre ha entrado en mi casa, no hagáis esta maldad. 24He aquí mi hija virgen, y la concubina de él; yo os las sacaré ahora; humilladlas y haced con ellas como os parezca, y no hagáis a este hombre cosa tan infame. 25Mas aquellos hombres no le quisieron oír; por lo que tomando aquel hombre a su concubina, la sacó; y entraron a ella, y abusaron de ella toda la noche hasta la mañana, y la dejaron cuando apuntaba el alba. 26Y cuando ya amanecía, vino la mujer, y cayó delante de la puerta de la casa de aquel hombre donde su señor estaba, hasta que fue de día.

27Y se levantó por la mañana su señor, y abrió las puertas de la casa, y salió para seguir su camino; y he aquí la mujer su concubina estaba tendida delante de la puerta de la casa, con las manos sobre el umbral. 28El le dijo: Levántate, y vámonos; pero ella no respondió. Entonces la levantó el varón, y echándola sobre su asno, se levantó y se fue a su lugar. 29Y llegando a su casa, tomó un cuchillo, y echó mano de su concubina, y la partió por sus huesos en doce partes, y la envió por todo el territorio de Israel. 30Y todo el que veía aquello, decía: Jamás se ha hecho ni visto tal cosa, desde el tiempo en que los hijos de Israel subieron de la tierra de Egipto hasta hoy. Considerad esto, tomad consejo, y hablad.[2]

 

Salmos 44

 

Liberaciones pasadas y pruebas presentes

Al músico principal. Masquil de los hijos de Coré.

     1     Oh Dios, con nuestros oídos hemos oído, nuestros padres nos han contado,

La obra que hiciste en sus días, en los tiempos antiguos.

     2     Tú con tu mano echaste las naciones, y los plantaste a ellos;

Afligiste a los pueblos, y los arrojaste.

     3     Porque no se apoderaron de la tierra por su espada,

Ni su brazo los libró;

Sino tu diestra, y tu brazo, y la luz de tu rostro,

Porque te complaciste en ellos.

     4     Tú, oh Dios, eres mi rey;

Manda salvación a Jacob.

     5     Por medio de ti sacudiremos a nuestros enemigos;

En tu nombre hollaremos a nuestros adversarios.

     6     Porque no confiaré en mi arco,

Ni mi espada me salvará;

     7     Pues tú nos has guardado de nuestros enemigos,

Y has avergonzado a los que nos aborrecían.

     8     En Dios nos gloriaremos todo el tiempo,

Y para siempre alabaremos tu nombre.

Selah

     9     Pero nos has desechado, y nos has hecho avergonzar;

Y no sales con nuestros ejércitos.

     10     Nos hiciste retroceder delante del enemigo,

Y nos saquean para sí los que nos aborrecen.

     11     Nos entregas como ovejas al matadero,

Y nos has esparcido entre las naciones.

     12     Has vendido a tu pueblo de balde;

No exigiste ningún precio.

     13     Nos pones por afrenta de nuestros vecinos,

Por escarnio y por burla de los que nos rodean.

     14     Nos pusiste por proverbio entre las naciones;

Todos al vernos menean la cabeza.

     15     Cada día mi vergüenza está delante de mí,

Y la confusión de mi rostro me cubre,

     16     Por la voz del que me vitupera y deshonra,

Por razón del enemigo y del vengativo.

     17     Todo esto nos ha venido, y no nos hemos olvidado de ti,

Y no hemos faltado a tu pacto.

     18     No se ha vuelto atrás nuestro corazón,

Ni se han apartado de tus caminos nuestros pasos,

     19     Para que nos quebrantases en el lugar de chacales,

Y nos cubrieses con sombra de muerte.

     20     Si nos hubiésemos olvidado del nombre de nuestro Dios,

O alzado nuestras manos a dios ajeno,

     21     ¿No demandaría Dios esto?

Porque él conoce los secretos del corazón.

     22     Pero por causa de ti nos matan cada día;

Somos contados como ovejas para el matadero.a

     23     Despierta; ¿por qué duermes, Señor?

Despierta, no te alejes para siempre.

     24     ¿Por qué escondes tu rostro,

Y te olvidas de nuestra aflicción, y de la opresión nuestra?

     25     Porque nuestra alma está agobiada hasta el polvo,

Y nuestro cuerpo está postrado hasta la tierra.

     26     Levántate para ayudarnos,

Y redímenos por causa de tu misericordia.[3]

 

 



a a 23.3: Mt. 23.27–28; Lc. 11.44.

b b 23.5: Ex. 22.28.

c c 23.6: Hch. 26.5; Fil. 3.5.

d d 23.8: Mt. 22.23; Mr. 12.18; Lc. 20.27.

[1]Reina Valera Revisada (1960). 1998 (Hch 22.29-23.22). Miami: Sociedades Bı́blicas Unidas.

[2]Reina Valera Revisada (1960). 1998 (Jue 18.31-19.30). Miami: Sociedades Bı́blicas Unidas.

a a 44.22: Ro. 8.36.

[3]Reina Valera Revisada (1960). 1998 (Sal 43.5-44.26). Miami: Sociedades Bı́blicas Unidas.